6 de juliol de 2011

NOTES BERLINESES (XXXVII)





"Para un esloveno de un metro ochenta de altura, acostumbrado a unidades habitacionales encajonadas, donde debido al ahorro de energía y a una mentalidad mezquina apenas se deja medio centímetro entre la mollera y el techo, los espaciosos apartamentos berlineses suponen un verdadero alivio. Pero el alivio dura poco: pronto le sigue una sensación de angustia provocada por el vacío. Grande, insoportable, excesivo vacío. Los berlineses son maestros del vivir en el vacío. Si fuera posible, encerrarían el desierto en su apartamento por la noche, el desierto estepario y gris, o el horizonte con la bruma matutina sobre el mar abierto. Sin duda, no es que carezcan del gusto por el interiorismo, sino todo lo contrario. Al principio, el vacío de las enormes paredes de las casas berlinesas provoca en el recién llegado, habituado al kitsch alpino o que se regodea en la nostalgia por Estambul, una sensación de frialdad y despersonalización. Pero tras vivir un tiempo en semejante espacio descubre que el vacío no ahoga la imaginación, sino que la libera. La mancha marrón del techo comienza de pronto a obrar como oráculo de rostros cambiantes: hoy tiene la cara del viento, mañana la de la medusa, pasado mañana un ángel sonriente flota en el techo; cuando cae la luz, los crujientes pisos de roble se vuelven la más bella de las alfombras persas; las grietas en el muro son mensajes de los invisibles dioses germanos de Valhalla o el palpitar de la yugular de Franz Beckenbauer antes de dar el chute de rigor. Cada habitación tiene un vacío diferente y cada una enseña a su ocupante a cuidar de distintos detalles, de formas de familiarizarse, de interpretar."

ALEŠ ŠTEGER 'Berlin' (2007)

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